La película 4 días más es un retrato crudo sobre el impacto de las sustancias, pero más allá de la química, nos muestra la compleja red de dependencia emocional que se teje entre un adicto y su cuidador. A diferencia de un romance, aquí vemos la codependencia en el vínculo de madre e hija.
- El dilema del “Amor Duro”
Desde el inicio, Deb se enfrenta a la barrera emocional que ha construido para sobrevivir a los robos y mentiras de su hija. Sin embargo, la dinámica de dependencia surge cuando el instinto materno de “salvar” choca con la realidad de la adicción. En psicología, esto se manifiesta como la dificultad de poner límites. Deb se debate entre ser el apoyo que Molly necesita o convertirse en la facilitadora que, sin querer, permite que el ciclo continúe.
- La confianza como moneda de cambio
El eje de la historia son esos cuatro días donde la sobriedad es una promesa frágil. La dependencia emocional se hace evidente en cómo el bienestar de Deb pasa a depender totalmente de las pupilas, el humor y los movimientos de Molly. No hay paz para el cuidador porque su estabilidad mental está “secuestrada” por el estado del otro. Molly, por su parte, depende de la validación y el refugio de su madre para no sucumbir al síndrome de abstinencia.
- El desgaste del cuidador
La película nos enseña que la adicción es una enfermedad familiar. El desgaste de Deb muestra cómo la identidad del cuidador se va diluyendo hasta que su única función es la vigilancia. El mensaje es claro: aunque el amor es un motor poderoso, no es un sustituto del tratamiento profesional. La recuperación real sólo empieza cuando ambos entienden que la responsabilidad de sanar es individual, y que amar no significa cargar con las consecuencias de las decisiones del otro.

Sofia Carriles Montero
Estudiante de psicología.
Universidad La Salle.

